sábado, 28 de noviembre de 2015

El superhombre de Nietzsche era una mujer





Hoy asomas tu rostro a mi ventana

Como una niebla informe, triste diosa;
El pálido sudario se devana
medrosamente al viento:prorrumpe en melancólico lamento
Del arroyo la vena hoy caudalosa.


Entre el relampagueo y el salvaje
Bramar del trueno.
Envuelto en los jirones
De negros nubarrones,
Has preparado con mortal veneno
Oh, terrible hechicera, tu brebaje.

A media noche oí tu voz siniestra
Aullando de placer y de dolor,
Vi fulgurar tus ojos, vi tu diestra
Esgrimiendo, convulsa de venganza, Cual titánica lanza,
El rayo asolador.

Y toda armada así, a mi pobre encierro
De noche te has querido acercar hoy:
Llamando a mis cristales con el hierro
De tus armas radiantes
Me has dicho: ¡No te espantes!
¡Quiero decirte ahora quién yo soy!

Yo soy la grande, la eterna amazona,
Jamás débil, ni muelle ni mujer;
Cuando en la lucha mi furor se encona,
Impávida me bato
Con viril arrebato;
¡Soy la Tigresa de infernal poder!

Siempre sobre cadáveres camino;
Cruel es mi destino;
Teas arrojan mis airados ojos;
Mi cerebro ponzoñas elabora.
Mortal, cae de hinojos;
a mi presencia adora
O púdrete al momento, vil gusano,
¡Extínguete por siempre, fuego vano!


"Después de una noche de tormenta", Friedrich Nitezsche, Poemas