lunes, 30 de abril de 2018

Hermanas, es la guerra



Asumamos que nos van a llamar victimistas, que nos dirán lloronas, quejicas, flojas, ñoñas y locas. En definitiva, esto es así desde que las mujeres empezamos a exigir los derechos que los hombres, el patriarcado, nos han negado históricamente.

Cualquier mujer con un pensamiento emancipador desarrollado sabe que fuimos brujas durante siglos. Era el diablo quien hablaba por nosotras, era Satanás quien sometía la voluntad del hombre a través de nuestros cuerpos. O nos ahogaban o nos quemaban si flotábamos. La justicia para las mujeres era la ordalía, práctica judía, cristiana y de cualquier religión monoteísta para dirimir si la mujer tiene trato con el Mal.

La ilustración nos convirtió en locas. Era un avance superar la posesión demoníaca y el pacto satánico para ser histéricas en manicomios donde el electroshock, la masturbación forzada, o sea la violación, las máscaras, los baños en agua con hielo durante horas vinieron a tratar tanto el lesbianismo, como la hipersexualidad, como la masturbación. Todo aquello relacionado con la sexualidad femenina pasó al ámbito de la psicopatología como símbolo de la Modernidad rampante. Ya quedaron atrás los tiempos de las ordalías y las hogueras, de las torturas públicas, de la humillación….Pasamos a ser recluídas y eliminadas de la sociedad en nombre de la Ciencia en la que nunca había mujeres. Ellos, los hombres, seguían determinando nuestra capacidad para ser personas integradas en la sociedad como madres y esposas decentes. Siempre decentes o de lo contrario, reclusas, desaparecidas para el mundo toda vez que las propias familias se desembarazaban de la hija que mostraba una sexualidad que sólo podían mostrar los hombres.

Llegamos al siglo XXI y nos encontramos con que el estigma de la locura sigue pesando, y mucho, a la hora de creer la declaración de una mujer ante un juez o ante la policía. Se nos evita como sujetos de debate apelando a la histeria o al feminazismo, expresión que debería significar dientes rotos cada vez que algún macho desubicado pretende zanjar un debate en el que el varón no va a renunciar a sus privilegios sexuales, blindados por ley, blindados por cultura, blindados por mentalidad, férreamente protegidos por todos los estamentos del Estado.

O morimos defendiéndonos de la violencia ejercida contra nosotras o nos llaman putas porque no nos hemos querido jugar la vida. O Nagore o víctima de la Manada, los jueces y el CGPJ, de la televisión y de la práctica totalidad de la prensa, donde los violadores a través de su abogado, ducho en las lides de defender maltratadores reincidentes compañeros de abogacía y convencido valedor de miembros de cuerpos de seguridad del Estado que se divierten de paisano drogando muchachas para violarla en grupo, como si fuera normal, como si el ocio fuera depredar, como si grabarlo para jactarse ante los que no han podido irse de cacería de lo machos que son follándose a una mujer inconsciente por donde quieren y cuanto quieren.

¿Descarnado? Sí, y si pudiera os pondría el video para que vomitárais, para que no os quedara ni una duda de quién sobra aquí y de quién ha sido humillada y ofendida, primero por la piara de cerdos y luego por la piara de jueces. Finalmente, por la piara de un sistema putrefacto y en descomposición que se cae a pedazos y que sólo se mantiene por la fuerza bruta de esos cuerpos de seguridad algunos de cuyos miembros violan mujeres en sus días libres. En un momento de delirio sangrante supimos que el guardia civil condenado era el encargado de asistir a las víctimas de violencia de género en su comandancia.

Decidme si podéis ir tranquilas a buscar seguridad en un cuerpo que le sigue pagando el sueldo una vez condenado, decidme si confiáis en un cuerpo que tiene un violador atendiendo a mujeres rotas por la violencia machista ejercida contra ellas y sus hijes.

Nos han declarado la guerra. Ya estaba declarada pero se disimulaba con la discriminación positiva que ha creado una casta de mujeres que en la práctica trabajan para el patriarcado, porque las víctimas de violencia de género son parte de un ghetto para mujeres pobres del que a veces ya no se puede salir y en el que el Estado puede disponer incluso de les niñes por pobres, por rotas, por abandonadas.


Al menos ahora se ha simplificado el panorama. O estáis con nosotras o estáis contra nosotras. Ya no cabe el término medio.